Una lógica similar está comenzando a observarse en el ámbito del desarrollo urbano y la construcción en Chile.
Nuestro país cuenta con normas técnicas altamente especializadas: normas sísmicas de referencia internacional, estándares constructivos estrictos, regulaciones ambientales avanzadas y criterios de protección del patrimonio histórico que han permitido resguardar la identidad urbana, la memoria colectiva y la calidad de vida.
Este entramado regulatorio ha sido, por décadas, uno de los principales factores que explican la solidez estructural del territorio, la resiliencia frente a desastres naturales, el control ambiental en zonas urbanas sensibles y la preservación de bienes patrimoniales que son parte esencial de nuestra historia.
No obstante, el éxito sostenido de estas políticas ha generado un fenómeno preocupante: algunos sectores comienzan a relativizar su importancia, atribuyendo la calidad constructiva exclusivamente a la ética del gremio o a la “madurez” del mercado, y cuestionando la necesidad de mantener exigencias técnicas, ambientales y patrimoniales que –se sostiene erróneamente– “limitan” el desarrollo.
Esa lectura omite un punto fundamental:
el desarrollo urbano de alto estándar no surge de manera espontánea ni es un resultado natural del mercado; es una consecuencia directa de sistemas normativos sólidos, fiscalización efectiva y políticas públicas sostenidas en el tiempo.
De la misma manera que suspender los programas de vacunación conduciría al retorno de enfermedades ya controladas, debilitar el marco regulatorio urbano, ambiental y patrimonial pondría en riesgo décadas de avances en seguridad, sostenibilidad y calidad de vida.
Las normas constructivas, la evaluación ambiental y la protección del patrimonio no son trabas burocráticas, sino instrumentos técnicos esenciales que han permitido que Chile enfrente terremotos sin desastres mayores, que ciudades frágiles convivan con ecosistemas sensibles y que lugares con valor histórico sigan formando parte de nuestra identidad urbana.
Hoy, este sistema es exitoso. Y precisamente por ser exitoso, corre el riesgo de ser subvalorado.
Reconocer esta paradoja es fundamental para entender que el desarrollo responsable no consiste en renunciar a las normas, sino en perfeccionarlas continuamente, fortalecer su aplicación y asegurar que sigan siendo una garantía para las futuras generaciones.
Juan Arcaya Puente
Director DOM ARICA





